Si la Rolling Stone, la BBC, el New York Times o alguien hiciera una lista de informes gubernamentales así como se hacen listas de canciones, películas o libros, Lázaro de Ribera tiene méritos de sobra para entrar en algún top 100 por el siguiente extracto:

“Un indio Moxo escribe los anales de su pueblo en una tabla o en un pedazo de caña, por medio de varios signos, cuya inteligencia y manejo pide mucha combinación y una memoria feliz. Hay hombres que sin más motivo ni razón que la de no alcanzar ni entender las ideas de los indios, fallan inmediatamente contra ellos, graduándolos de brutos: y es de admirar el séquito que han tenido sus sentencias. Da compasión oírles decir: la lengua de los indios es una jerigonza incomprensible; son unos bárbaros, todo lo apuntan en unas cañas o garrotes, que tienen llenos de rayas, etc. Si uno de estos críticos vergonzantes hubiera visto a Newton, que con el más y el menos algebraico (que también se componen de rayas), se entretenía en calcular el movimiento de los astros para determinar el verdadero sistema del mundo, hubiera dicho también que el gran Newton era un idiota, y su análisis un conjunto de garabatos, más propio para adornar la puerta de un carbonero que para ilustrar el entendimiento humano”.

Leer esto me recordó inmediatamente a Montaigne y su ensayo sobre los caníbales; pero antes de llegar a él, divaguemos. Lázaro de Ribera y Espinosa de los Monteros nació en Málaga y murió en Lima, ciudad en la que fue a la universidad. Después de que la Corona española expulsara a los jesuitas en 1767, la monarquía reorganizó varias veces en pocos años la administración política, militar y hasta la espiritual de las misiones jesuitas, sobre todo en el marco del virreinato del Río de la Plata creado una década después del extrañamiento de la Compañía de Jesús. Durante el dominio jesuita, las reducciones de Moxos dependían de la provincia jesuítica del Perú; las de Chiquitos, en la provincia española de Santa Cruz, de la provincia jesuítica del Paraguay, que no era necesariamente equivalente al Paraguay español. Después de la expulsión de la Compañía, sus misiones moxeñas básicamente pasaron a depender de Santa Cruz de la Sierra. Esto es una versión simple de lo que pasó que pido que me aceptés, porque la maraña de cambios y tipos de administración diferentes y para diferentes fines que hubo luego de la expulsión y la creación del virreinato es muy larga para desenredar aquí, y es compleja para nuestra mente moderna que se ha esforzado en simplificar la burocracia y separar la Iglesia del Estado (aunque a veces nos parezca lo contrario).

La cosa es que Ribera fue nombrado gobernador de Moxos en algún momento entre 1783 y 1786, cuando bordeaba los 30 años de edad. Ejerció este cargo hasta algún momento entre 1792 y 1795 —las fuentes no se ponen de acuerdo—, y fue el penúltimo de los gobernadores españoles de Moxos. Lo que está más claro en tema de fechas es que en 1796 fue nombrado gobernador del Paraguay español, cargo que ocupó hasta 1806.

Volvamos a Moxos. Voy a dejar de darte fechas para no dejarte más chipado —cosa que en Santa Cruz quiere decir confundido, enredado—. Ribera escribió una carta dirigida a la Audiencia de Charcas, de la que sacamos el extracto anterior. Bueno, no lo sacamos nosotros, lo sacó el último gobernador-intendente español de Santa Cruz de la Sierra, Francisco de Viedma, y lo puso en su Descripción geográfica y estadística de la provincia de Santa Cruz de la Sierra, explicando claramente que estas palabras no eran suyas. No es la única carta de Ribera que cita, pero es la más recitada. Gracias al informe de Viedma, las palabras de Ribera traspasaron tiempos y fronteras, llegando incluso hasta Francia. Alcide d’Orbigny, por ejemplo, lo cita recitando a Viedma. También lo hace Pedro de Angelis. También lo hace, dos siglos después y varias veces, mi primo David; la última vez en un paper para una sociedad de estudios geográficos e históricos sobre este complejo sistema de transmisión de información que involucra dibujar signos en cañas; los signos eran probablemente rayas, lo que convierte este método en una versión menos compleja de la forma que usamos ahora para escribir en vinilos, o en discos, e incluso en códigos de barras y QR, que otras máquinas leen por nosotros porque no nos alcanza la inteligencia para manejar tantas combinaciones y no somos —famosamente— una civilización con una memoria feliz. En fin, la hipótesis primaria (de mi primo) es que este sistema, usado tanto entre los antis como en el Antisuyo —que quizá son la misma cosa—, quizá tiene el mismo origen o el mismo fin. Esto sería una refutación de algo que dice Montaigne.

Pero todavía no llegamos a la Francia renacentista, teneme un poco más de paciencia —o, como se dice en Santa Cruz, dejame parir—. Laisse-moi deux minutes. En Francia apareció un ensayo del polímata argentino Florentino Ameghino en el que citaba este extracto en Viedma como de Viedma. Lo mismo hizo el polímata alemán Adolf Bastian (haceme la caridad y leelo Bastián). Lo mismo hizo el presidente del Ejecutivo de la Primera República española Francisco Pi i Margall.

Yo sé que quién dijo qué, dónde y cuándo es un vicio con pocos adictos, así que volvamos al texto. Viedma escribe y recita mientras habla de los merecimientos de libertad para comerciar de moxeños y chiquitanos, para evitar que dependan de gente que les pagaba poco y mal: “a la verdad sería extravagante paradoja persuadirse que la habilidad tan ponderada en estos no sea susceptible a unos conocimientos los más obvios, y en que les va todas las utilidades de su propio interés”. Palabras después, vuelve a citar al polímata de Ribera:

“Todo cuanto se dice sobre la incapacidad de los indios, su inconstancia e indiferencia, todo es una ficción teatral, fabricada por la tiranía o por la necedad. Los indios Moxos son los vasallos más hábiles, industriosos y fieles que el Rey tiene en sus dominios: no es la pintura de estos buenos hombres para un pincel tan débil como el mío”.

Y es que, gracias a su gestión y su contratación del español Manuel Oquendo como Maestro Pintor de la provincia moxeña —imagínese el lector el apetito erudito del gobernador y compárelo con el de cualquier gobernante del mundo actual—, los indígenas de la región perfeccionaron lo que los misioneros jesuitas les habían enseñado. En Moxos eran más doctos con el pincel, y en Chiquitos con la música. Dice Viedma, de ambas regiones, “que en las artes y oficios son sin ejemplar en su clase”. Sin ejemplar en su clase. Visite el lector cuando pueda el Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca Americana “Misiones de Chiquitos” —hoy, el festival barroco más importante del mundo—, o busque los videos en YouTube, y confírmelo con sus propios sentidos; el talento para la creación y la interpretación de instrumentos sigue vivo hasta hoy, como lo siguen los pueblos de Chiquitos, las únicas misiones que mantuvieron viva la cultura misional luego de las guerras independentistas.

De vuelta a Moxos, antes de esas guerras y más allá de Viedma, Ribera envió otros informes que acompañó con pinturas hechas por los alumnos del maestro Oquendo. El tipo quería que el propio rey las admirase. Yo, franco ignorante —“nadie nace sabiendo”, canta en su último lanzamiento mi amigo Sanandita—, conocí un par de estas obras hace poco menos de dos años al ver una portada de la revista Classica Boliviana, cuyo nombre implicaba que el dibujo lo tenía que haber hecho alguien en lo que ahora es territorio boliviano. El reporte de la portada de Pedro Querejazu, quien se para a su vez sobre los hombros de Humberto Vázquez-Machicado, confirmaba mis sospechas, pero no me sacaba del estupor. Para no utilizar la expresión coloquial casi me caigo de culo, simplemente diré que quedé boquiabierto cuando vi que el autor del dibujo no era un discípulo de un taller renacentista, sino un indio de Moxos: José Guayacho. Si no hubiera pasado mi fase de querer diseñar y usar graphic t-shirts, lo hubiera impreso en una polera. Debo decir que ese gusto por el diseño gráfico se me transfirió al de portadas de libros, y una mala portada me parece una oportunidad desperdiciada, y una oportunidad para juzgar. Con eso en mente: preciosa decisión la del equipo de la revista clasicista para su portada. Mirá el dibujo y decime si no te parece una barbaridad.

Y ahora sí, al Renacimiento y a Montaigne y a su impresión sobre los bárbaros y la barbarie. A continuación, algunos extractos de su ensayo De los caníbales, en la traducción de Constantino Román y Salamero.

Cuando el rey Pirro pasó a Italia, luego que hubo reconocido la organización del ejército romano que iba a batallar contra el suyo: «No sé, dijo, qué clase de bárbaros sean éstos (sabido es que los griegos llamaban así a todos los pueblos extranjeros), pero la disposición de los soldados que veo no es bárbara en modo alguno.» Otro tanto dijeron los griegos de las tropas que Flaminio introdujo en su país, y Filipo, contemplando desde un cerro el orden y disposición del campamento romano, en su reino, bajo Publio Sulpicio Galba. Esto prueba que es bueno guardarse de abrazar las opiniones comunes, que hay que juzgar por el camino de la razón y no por la voz general.

He tenido conmigo mucho tiempo un hombre que había vivido diez o doce años en ese mundo que ha sido descubierto en nuestro siglo, en el lugar en que Villegaignon tocó tierra, al cual puso por nombre Francia Antártica. Este descubrimiento de un inmenso país vale bien la pena de ser tomado en consideración. Ignoro si en lo venidero tendrán lugar otros, en atención a que tantos y tantos hombres que valían más que nosotros no tenían ni siquiera presunción remota de lo que en nuestro tiempo ha acontecido. Yo recelo a veces que acaso tengamos los ojos más grandes que el vientre, y más curiosidad que capacidad. Lo abarcamos todo, pero no estrechamos sino viento.

Platón nos muestra que Solón decía haberse informado de los sacerdotes de la ciudad de Saís, en Egipto, de que en tiempos remotísimos, antes del diluvio, existía una gran isla llamada Atlántida, a la entrada del estrecho de Gibraltar, la cual comprendía más territorio que el Asia y el África juntas; y que los reyes de esta región, que no sólo poseían esta isla, sino que por tierra firme extendíanse tan adentro que eran dueños de la anchura de África hasta Egipto, y de la longitud de Europa hasta la Toscana, quisieron llegar al Asia y subyugar todas las naciones que bordea el Mediterráneo, hasta el golfo del Mar Negro. A este fin atravesaron España, la Galia e Italia, y llegaron a Grecia, donde los atenienses los rechazaron; pero que andando el tiempo, los mismos atenienses, los habitantes de la Atlántida y la isla misma, fueron sumergidos por las aguas del diluvio. Es muy probable que los destrozos que éste produjo hayan ocasionado cambios extraños en las diferentes regiones de la tierra, y algunos dicen que del diluvio data la separación de Sicilia de Italia;

Haec loca, vi quondam et vasta convulsa ruina,
Dissiluisse ferunt, quum protinus utraque tellus una foret…1

la de Chipre de Siria y la de la isla de Negroponto de Beocia, y que juntó territorios que estaban antes separados, cubriendo de arena y limo los fosos intermediarios.

Sterilisque diu palus, aptaque remis,
Vicinas urbes alit, et grave sentit aratrum.2

Mas no hay probabilidad de que esta isla sea el mundo que acabamos de descubrir…

Las últimas investigaciones locales (del loco primario) de lo dicho por Platón y Solón, señor Montaigne, parecen demostrar lo contrario. Pero no lo discutamos acá. Un dato más: la Francia Antártica fue una colonia francesa en los alrededores de lo que hoy es Río de Janeiro, un territorio en cuya recuperación portuguesa participaron activamente los jesuitas. A esta colonia llegaron franceses huyendo de las luchas religiosas en su país, pero la lucha religiosa se embarcó con ellos. Pero disculpe, señor Montaigne, gran crítico de las guerras religiosas, ya no lo interrumpo, decía usted:

Volviendo a mi asunto, creo que nada hay de bárbaro ni de salvaje en esas naciones, según lo que se me ha referido; lo que ocurre es que cada cual llama barbarie a lo que es ajeno a sus costumbres. Como no tenemos otro punto de mira para distinguir la verdad y la razón que el ejemplo e idea de las opiniones y usos de país en que vivimos, a nuestro dictamen en él tienen su asiento la perfecta religión, el gobierno más cumplido, el más irreprochable uso de todas las cosas.

[…]

Los pueblos de que voy hablando hacen la guerra contra las naciones que viven del otro lado de las montañas, más adentro de la tierra firme. En estas luchas todos van desnudos; no llevan otras armas que arcos, o espadas de madera afiladas por un extremo, parecido a la hoja de un venablo. Es cosa sorprendente el considerar estos combates, que siempre acaban con la matanza y derramamiento de sangre, pues la derrota y el pánico son desconocidos en aquellas tierras. Cada cual lleva como trofeo la cabeza del enemigo que ha matado y la coloca a la entrada de su vivienda. A los prisioneros, después de haberles dado buen trato durante algún tiempo y de haberlos favorecido con todas las comodidades que imaginan, el jefe congrega a sus amigos en una asamblea, sujeta con una cuerda uno de los brazos del cautivo, y por el extremo de ella le mantiene a algunos pasos, a fin de no ser herido; el otro brazo lo sostiene de igual modo el amigo mejor del jefe; en esta disposición, los dos que le sujetan destrozan a espadazos. Hecho esto, le asan, se lo comen entre todos, y envían algunos trozos a los amigos ausentes. Y no se lo comen para alimentarse, como antiguamente hacían los escitas, sino para llevar la venganza hasta el último límite; y así es en efecto, pues habiendo advertido que los portugueses que se unieron a sus adversarios ponían en práctica otra clase de muerte contra ellos cuando los cogían, la cual consistía en enterrarlos hasta la cintura y lanzarles luego en la parte descubierta gran número de flechas para después ahorcarlos, creyeron que estas gentes del otro mundo, lo mismo que las que habían sembrado el conocimiento de muchos vicios por los pueblos circunvecinos, que se hallaban más ejercitadas que ellos en todo género de malicia, no realizaban sin su por qué aquel género de venganza, que desde entonces fue a sus ojos más cruel que la suya; así que abandonaron su antigua práctica por la nueva de los portugueses. No dejo de reconocer la barbarie y el horror que supone el comerse al enemigo, mas sí me sorprende que comprendamos y veamos sus faltas y seamos ciegos para reconocer las nuestras. Creo que es más bárbaro comerse a un hombre vivo que comérselo muerto; desgarrar por medio de suplicios y tormentos un cuerpo todavía lleno de vida, asarlo lentamente, y echarlo luego a los perros o a los cerdos; esto, no sólo lo hemos leído, sino que lo hemos visto recientemente, y no es que se tratara de antiguos enemigos, sino de vecinos y conciudadanos, con la agravante circunstancia de que para la comisión de tal horror sirvieron de pretexto la piedad y la religión. Esto es más bárbaro que asar el cuerpo de un hombre y comérselo, después de muerto.

Crisipo y Zenón, maestros de la secta estoica, opinaban que no había inconveniente alguno en servirse de nuestros despojos para cualquier cosa que nos fuera útil, ni tampoco en servirse de ellos como alimento. Sitiados nuestros antepasados por César en la ciudad de Alesia, determinaron, para no morirse de hambre, alimentarse con los cuerpos de los ancianos, mujeres y demás personas inútiles para el combate.

Vascones, ut fama est, alimentis talibus usi
Produxere animas.3

Los mismos médicos no tienen inconveniente en emplear los restos humanos para las operaciones que practican en los cuerpos vivos, y los aplican, ya interior ya exteriormente. Jamás se vio en aquellos países opinión tan relajada que disculpase la traición, la deslealtad, la tiranía y la crueldad, que son nuestros pecados ordinarios. Podemos, pues, llamarlos bárbaros en presencia de los preceptos que la sana razón dicta, mas no si los comparamos con nosotros, que los sobrepasamos en todo género de barbarie.

[…]

Tres hombres de aquellos países, desconociendo lo costoso que sería un día a su tranquilidad y dicha el conocimiento de la corrupción del nuestro, y que su comercio con nosotros engendraría su ruina, como supongo que habrá ya acontecido, por la locura de haberse dejado engañar por el deseo de novedades, y por haber abandonado la dulzura de su cielo para ver el nuestro, vinieron a Ruán cuando el rey Carlos IX residía en esta ciudad. El soberano les habló largo tiempo; mostrárenseles nuestras maneras, nuestros lujos, y cuantas cosas encierra una gran ciudad. Luego alguien quiso saber la opinión que formaran, y deseando conocer lo que les había parecido más admirable, respondieron que tres cosas (de ellas olvidé una y estoy bien pesaroso, pero dos las recuerdo bien): dijeron que encontraban muy raro que tantos hombres barbudos, de elevada estatura, fuertes y bien armados como rodeaban al rey (acaso se referían a los suizos de su guarda) se sometieran a la obediencia de un muchachillo, no eligieran mejor uno de entre ellos para que los mandara. En segundo lugar (según ellos la mitad de los hombres vale por lo menos la otra mitad), observaron que había entre nosotros muchas personas llenas y ahítas de toda suerte de comodidades y riquezas; que los otros mendigaban de hambre y miseria, y que les parecía también singular que los segundos pudieran soportar injusticia semejante y que no estrangularan a los primeros, o no pusieran fuego a sus casas.

Yo hablé a mi vez largo tiempo con uno de ellos, pero tuve un intérprete tan torpe o inhábil para entenderme, que fue poquísimo el placer que recibí. Preguntándole qué ventajas alcanzaba de la superioridad de que se hallaba investido entre los suyos, pues era entre ellos capitán, nuestros marinos le llamaban rey, díjome que la de ir a la cabeza en la guerra. Interrogado sobre el número de hombres que le seguían, mostrome un lugar para significarme que tantos como podía contener el sitio que señalaba (cuatro o cinco mil). Habiéndole dicho si fuera de la guerra duraba aún su autoridad, contestó que gozaba del privilegio, al visitar los pueblos que dependían de su mando, de que le abriesen senderos al través de las malezas y arbustos, por donde pudiera pasar a gusto. Todo lo dicho en nada se asemeja a la insensatez ni a la barbarie. Lo que hay es que estas gentes no gastan calzones ni coletos.


Notas del traductor:

1 Dícese que en lo antiguo estas tierras eran un mismo continente; por un empuje violento las separó el mar embravecido. Virgilio, Eneida, III, 414 y sig.

2 Una laguna, estéril mucho tiempo, que hendían los remos de la barca, conoce hoy el arado y alimenta las ciudades vecinas. Horacio, Arte poética, v. 65.

3 Cuéntase que los vascones prolongaron la vida nutriéndose con carne humana. Juvenal, Sát., XV, 93.


Notas para nerds:

Complementar con:

Teresa de la Parra: la influencia de la expulsión de los jesuitas en las guerras de independencia
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Montaigne sobre la guerra civil y su postura
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